EL PLAN ‘MAMARRACHO’ DEL ALCALDE DE URUBAMBA RONALD VERA

En recientes documentos se muestra que Torontoy le ‘copiará’ el costo de US$ 24 de pasaje a Consettur.

Tras una reunión entre la Presi­dencia del Consejo de Ministros y los principales actores involu­crados en el caso carretera Hi­ram Bingham, se acordó que la titularidad de esta vía quedará en manos de las empresas Con­settur y Torontoy, por lo menos hasta nuevo aviso, sin embargo, la propuesta de operación de esta última está plagada de vicios y copias, tal como mostraremos en esta nota.

LAMENTABLE. La Contraloría ha puesto el dedo en la llaga. El plan de contingencia, defendido con uñas y dientes por el alcalde de Urubamba, Ronal Vera y sus ‘allegados’, resultó ser un mama­rracho. Un proyecto que supues­tamente iba a sacar a Consettur de la ruta, terminó desnudo ante la Contraloría. Y la responsabili­dad apunta directo al despacho del citado alcalde.

La historia comienza con un va­cío monumental. El 5 de setiem­bre de 2025 se adjudicó la buena pro a la empresa Inversiones Su­mac Ayllu San Antonio de Toron­toy S.A., por 19 millones 440 mil soles. Pero, aún no se había sus­crito el contrato entre la Munici­palidad Provincial de Urubamba y la empresa a la que se le otorgó la buena pro, en otras palabras: se otorgó el servicio, se celebró la foto, se infló el pecho, pero jamás se firmó el contrato a tiempo. Una carretera al abismo, sin papeles ni garantías.

La gran sorpresa, la verdadera revelación que nadie supo has­ta hoy y que la Contraloría pone en blanco y negro, es que el plan de Ronald Vera quedó desnudo en este documento. El famoso plan de contingencia anuncia con bombos y platillos que será la Municipalidad Provincial de Urubamba la encargada de ven­der los pasajes: “La venta de bo­letos se realizará en boleterías físicas en Machupicchu Pueblo y mediante la plataforma virtual de la municipalidad”, reza el do­cumento, pero la Contraloría des­enmascara el vacío. Urubamba, bajo la gestión de Vera, quiere ser la boletera, pero no explica nada: ni cómo calculó los montos, ni si hizo un estudio económico, ni si­quiera si la tarifa será original o simplemente una copia de lo que cobraba Consettur. Tampoco de­talla cómo se hará la recaudación o quién custodiará el dinero.

Un informe lapidario: un plan que promete recaudar millones, pero que no tiene caja ni candado, ni siquiera la fórmula para mover un sol.

SIN GARANTÍAS. El propio Plan de Contingencia señalaba que para garantizar el servicio de­bían estar disponibles entre 18 y 24 buses, cada uno con autoriza­ción vigente y capacidad mínima de 32 pasajeros ¿Por qué ese ran­go? Porque no bastaba con cubrir lo básico: se necesitaban unida­des adicionales para atender la demanda en horas punta y contar con buses de retén que respon­dieran en caso de accidentes o fallas mecánicas

Sin embargo, la empresa Toron­toy apenas ofreció 18, es decir, lo mínimo de lo mínimo. En la prác­tica, eso significaba que un solo desperfecto podía dejar a cientos de turistas varados.

Entre Consettur y la nueva em­presa jamás hubo condiciones para una transición ordenada. Los documentos de la Contra­loría lo revelan sin rodeos: el 5 de setiembre, fecha clave para sacar a Consettur, nada estaba listo. Dos empresas coexistiendo en la misma ruta, sin reglas, sin cronograma real, sin árbitro. Una transición que no fue tal, sino un choque frontal, un enfrentamien­to anunciado desde el inicio. Y sin embargo, esto es lo que defiende Ronald Vera y sus aliados, que, le­jos de proteger el patrimonio, han convertido la ruta de Machu Pic­chu en su botín político.

La Contraloría fue tajante: el plan de contingencia ni siquiera cum­plía con las condiciones mínimas obligatorias para garantizar un servicio seguro. “En los Térmi­nos de Referencia no se consi­deró la flota de reten, ni taller de mantenimiento (maestranza), ni el personal mínimo requerido — conductores dobles, asistentes de abordo, mecánicos de guar­dia, personal de mantenimiento de vía—” . Y lo más grave de todo: cuando la Contraloría intentó ve­rificar los buses en Hidroeléctri­ca, el 11 de setiembre, se toparon con una muralla humana. “Los auditores fueron repelidos por pobladores que se encontraban al cuidado de las unidades y alega­ban que no tenían ninguna auto­rización para permitir el pase”

Es decir, la municipalidad cerró la puerta al control, impidiendo que se comprobara si los buses siquiera existían.

Al final, lo que se presentó como un plan de contingencia no fue más que un mamarracho disfra­zado de solución. Con este ma­marracho se pretendía sacar a Consettur, que aunque ya no tie­ne contrato vigente, sigue siendo hoy la única empresa que presta el servicio a los turistas. Un plan incompleto, improvisado y defen­dido por el alcalde de Urubamba y toda la comparsa de alcaldes de Somos Perú en el Valle Sagra­do. Este mamarracho no resolvió nada: solo exhibió, otra vez, la in­capacidad de sus autoridades y sembró el caos que ahora todos vemos en Machu Picchu.